MdT: Tempus Fugit (II)

Marcos Muñoz | Periodista. Escritor Misterios del Ministerio

La puerta que atravesaron Julián y Alonso les llevó al crucero de la Catedral de Astorga. El canónigo Alvar Alfón andaba por ahí cerca, dando instrucciones a unos hombres ataviados con mandiles, pero ni se fijó en ellos entre el trajín que había por el templo. Además, no era él el empleado del Ministerio:  

– Soy Velasco. Síganme, les he preparado caballos -aquel joven monaguillo no debía contar más de 10 años.   La catedral era mucho más pequeña de lo que Julián recordaba de su visita con Maite hacía demasiado tiempo, pero estaba en plenas obras de ampliación, y un ejército de operarios se afanaba en diferentes tareas, acarreando, tallando, puliendo… Fuera les esperaba el calor del junio leonés de 1476.  

– La Candana queda en ca Cristo, lo menos 16 leguas, si no 17. Vayan por el camino a la capital.

   – ¿Hacia Madrid?  

– No, hombre, ¡a León! ¡Qué cosas tiene! Bueno, vayan hacia León pero no hace falta que entren, que hay mucho follón con la soldadesca, se ponen ciegos. Sálganse antes de llegar, por el arroyo de la Oncina hacia La Sobarrida. Allí ya giran para el Norte, y a matacaballo por el valle: sigan el Curueño y acabarán en la Candana, si no se empapizan antes. Con suerte pueden llegar para cuando anochezca. ¡Venga, con Dios! Y la próxima vez traigan chuches, que ya se me pasó el torzón.   Y volvió a meterse en la catedral, antes de que nadie lo echara en falta. Julián se lo quedó mirando hasta que desapareció:  

– ¿Tú has entendido algo?  

– Ese camino, Oncina, Sobarrida, Norte, valle, Curueño y Candana. El muchacho no ha podido ser más claro -Alonso acarició al caballo más oscuro de la pareja y subió a la silla de un salto, torciendo un poco el gesto. Julián subió al suyo con más dificultades:  

– ¿Aún te duele? -le preguntó cuando empezaron a cabalgar. Alonso le quitó hierro al asunto:   – No es nada. Y a caballo menos.  

– Todavía no entiendo como te pudiste herir tú solo. O sea, una pistola vale, se te dispara y te pegas un tiro en el pie, pero ¿con la espada?   Alonso frunció el ceño, para luego recordar el extraño incidente y sonreír con ironía:  

– No puedo culpar a nadie más: yo mismo me lo hice… Cosas más raras se han visto -y salió al galope.


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Aquello era lo más raro que había visto nunca. Julián se limpió la sangre de la boca: no, no le había saltado ningún diente. De milagro. El otro le esperaba, listo para seguir con la paliza. Aunque oía un pitido agudo por el trompazo que se había llevado en el lado izquierdo, podía distinguir el batir metálico de las espadas, muy cerca. Apoyándose en la tierra húmeda se incorporó, cogiendo de paso uno de los bolos que había desperdigados, con la intención de usarlo como maza.  

– Ole, Julián -dijo en voz alta para darse ánimos-. Luchando con un bolo contra un puto vikingo.   Incluso con sus limitados conocimientos de historia sabía que en 1476 no tenía que haber vikingos en España. Pero aquel tío -alto, rubio, con barba rizada, vestido con ropas azules y una armadura de cuero, y hablando algo que no entendía en absoluto pero que sonaba a noruego- sólo hubiera parecido más vikingo si hubiera llevado cuernos en el casco. Aunque Julián ya sabía que los vikingos de verdad no llevaban cuernos en los cascos. Por suerte, tampoco traía la típica hacha enorme de las películas, pero la paliza se la estaba dando igualmente, a tortazo limpio.   Y sin embargo, darse de guantazos con un vikingo en una aldea leonesa del siglo XV no era lo más raro de todo. ¡Noo! Lo realmente surrealista era que, mientras tanto, Alonso de Entrerríos se estaba batiendo en duelo contra un espartano. Éste sí que cumplía todos los tópicos: lo habían sacado directamente de alguna escena de 300.  Algo más lejos, el atemorizado judío trataba de descubrir si Oliveros seguía viva. ¡Y mira que habían empezado con buen pie!
   Se habían encontrado con el Caballero Oliveros, o sea, con Juana García, en cuanto llegaron al río Curueño. Para entonces Alonso ya estaba medio convencido de las bondades del personaje: sí, era una mujer soldado, lo cual le seguía sonando aberrante, pero había tomado las armas para que no tuviera que hacerlo su padre, ya anciano y sin hijos varones, y responder con honor a la llamada a filas del rey. Había luchado en diversas batallas y había conseguido prebendas reales no para ella, que no las quiso, sino para su pueblo, Arintero, consiguiendo que todos los nacidos allí pasaran a ser considerados hidalgos, entre otras mercedes.   – Es como Mulán, pero leonesa -había resumido Julián su historia, en uno de sus sinsentidos habituales.   Siendo al parecer la única otra persona que cabalgaba por aquellas tierras, no había sido difícil divisarla en la lejanía y aproximarse a ella. No era agraciada, para ser sinceros, y tenía una dureza y una seguridad en la expresión que, sumado al pelo corto y la armadura, le debían haber ayudado a mantener el disfraz masculino durante un tiempo.   Curiosamente, fue Alonso quien se la había ganado; quizás había algo de cierto en la “camaradería del campo de batalla” y dos soldados que habían tragado lodo en la guerra, aún de siglos distintos, se reconocían instintivamente como iguales. Sin abundar en detalles, le recomendaron que no siguiera aquella ruta y buscara una alternativa para volver a su Arintero natal, porque se sospechaba que había salteadores en las montañas… En principio les hizo caso, y juntos dieron media vuelta: iban a tardar un par de días en rodear aquellas impresionantes montañas, pero ella no tenía prisa.   Volvían ya juntos hacia La Sobarrida cuando se cruzaron con un pobre judío, Salomón Ha-Cohen, que tiraba de una mula con las alforjas penosamente cargadas. Cansado de los ataques que sufría la aljama de León, Salomón había decidido mudarse con su primo David a un pueblo de las montañas. ¿Y dónde vivía? ¡Cómo no! En La Candana. Por supuesto, Oliveros se había ofrecido a escoltarle hasta allí, para “protegerle de los salteadores”. Pues nada, todos hacia La Candana.  

– ¡Que allí es donde dice la historia que muere! -le había susurrado Julián a Alonso en un aparte.  

– ¿Qué dice exactamente la historia?   Julián repasó las notas una vez más:  

– Cuentan que llegó a La Candana, que se paró a jugar a los bolos, que se peleó con un grupo de desgraciados y que la mataron.  

– Pues no pasa nada: en la historia no salimos nosotros. Si le buscan pelea, yo la ayudo; y si aún así la hieren, que la den por muerta: vos la tratáis para que aguante uno o dos días, lo justo para que llegue un equipo del Ministerio, como con el Empecinado. No era tan fácil: estaban rodeados por los Picos de Europa, y allí la cobertura del móvil era como el Guadiana. Pero salvarle la vida al Caballero Oliveros podía ser la forma de empezar a acercar posiciones para cuando le mencionaran el Ministerio. Porque aún no lo habían hecho, y Juana no tenía motivos para querer abandonar su vida en el siglo XV, sobre todo ahora que llevaba a su pueblo las prebendas obtenidas del Rey.
Consiguieron llegar a La Candana justo cuando el sol se ocultaba tras las montañas. David Ha-Cohen ejercía como menescal del pueblito, es decir, de veterinario, y no tardaron en dar con su pequeña casa. Celebraban alguna clase de fiesta en la aldea: habían encendido antorchas y hogueras, y una docena de pastores con sus familias se había reunido para comer, beber y, sí, jugar a los bolos en la plaza. Alonso estaba alerta, porque en cualquier momento podía llegar el desastre. Pero Oliveros se echó una, dos, tres partidas de bolos, y nada ocurría.  

– Quizá no era hoy -sugirió Julián-, quizá será mañana. Entonces, por encima de la música y las voces animadas, oyeron a alguien alzando la voz, no por donde estaba Oliveros, sino en dirección contraria. Un hombre rubio estaba discutiendo con Salomón, a quien intentaba defender su primo. Salió a relucir un cuchillo. De pronto el Caballero Oliveros ya estaba corriendo hacia ellos, el cuchillo había saltado y la Dama de Arintero yacía en el suelo, herida en el vientre. Alonso desenvainó la espada, pero no llegó a alcanzar al rubio, porque otra figura más corpulenta salió de las sombras, llamativamente ataviado con un casco de hoplita, espada y un escudo con una V invertida pintada en rojo.  

– Éste es mío -dijo Alonso, y Julián se abalanzó contra el rubio. Los aldeanos comenzaron a apartarse a gritos.   ¡Con lo bien que había empezado todo!


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 – Creo que vivirá -declaró David tras examinar a Oliveros- y vosotros también, pero más vale que guarde cama un par de días. Julián estaba de acuerdo: después de partirle el bolo en la cabeza al vikingo y dejarlo inconsciente, él y el veterinario habían conseguido parar a tiempo la hemorragia del “caballero”. Con mucho esfuerzo, Entrerríos había puesto en fuga al…  

– Era un soldado espartano -le decía Julián tratando de contener la voz-. Griego. ¡Del siglo V o VI antes de Cristo, Alonso!  

– Pero no, no puede ser.  

– Sí puede, y lo sabes. Si hay alguna puerta. Más de una, porque el otro es un vikingo, me juego lo que quieras que de hace 300 años, por lo menos.   

– ¿Y cómo han llegado a España?  

– ¿Sabemos si las puertas sólo existen en España?  

– Bueno, entonces, si hay puertas del tiempo en otras partes, ¿por qué han venido a España?   Ahí sí le había pillado. Julián no encontraba ninguna explicación a todo aquello. Cuando se despertara el vikingo tal vez podrían interrogarlo… si hablaba español. No llevaba documentación, evidentemente: sólo destacaba un collar con unas runas talladas, un peine de hueso y un anillo curioso, con una especie de edificio sobre fondo rojo; no parecía demasiado valioso. Seguían sin cobertura en aquel rincón perdido de los montes leoneses y no podían contactar con el Ministerio para pedir ayuda o información.   Los dos judíos estaban hablando entre ellos, también, y Salomón le enseñó a su primo algo que llevaba escondido. David abrió mucho los ojos y miró al vikingo tendido (y atado) en el suelo; luego se dirigió a Alonso:  

– Volverán.  

– ¿Qué querían esas malas bestias?  

– Volverán. Y serán más.  

– ¿Tú sabes de dónde salen esos tipos? -preguntó Julián.  

– No dónde, no queda dónde. Llegan y se juntan, y ya no son de su dónde -dijo crípticamente Salomón.  

– Para, para, para, que no te entiendo. ¿Que no queda dónde? ¿Qué quieres decir? De alguna parte vendrán.  

– Ya no son de su dónde. Su lugar ya no existe. Muchas lenguas, un nuevo lugar. La construyen -y entonces pronunció con respeto y temor aquella palabra que, desde entonces, les iba a traer tantos problemas-. Babel.  

(CONTINUARÁ…)