Felix culpa

el

Iván R. Ray Escritor | Colaborador Belmonte Arte ©

PASAJE | DE CHINITAS “Cuando se escribe en Belmonte Arte, la casa de Melanie Belmonte…”

Cualquiera sabe odiar, todo es ponerse a ello, ¿lo ve?, uno va, y odia, y ya está, odiado queda, pero uno no sabe qué hacer delante de un Portal de Belén. Hay gente triste, pero esos no cuentan porque nacen tristes, eso es cosa sabida, tristes porque no son todo lo que no parece que son lo que parecen; y también hay gente que no, que por mucho que sí, pues no, y esos tampoco cuentan porque ellos no quieren, los contamos pero ellos se descuentan. Lo del Portal de Belén, en cambio, es todo eso, y más, aunque tampoco demasiado más, solo todo porque no, no sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén. Tampoco sabemos qué hacer delante de Las Meninas y parece que no pasa nada, pero en realidad sí pasa, aunque tampoco pasa todo, solo pasa demasiado, pasa que sabemos que es distinto mirar Las Meninas que un Portal de Belén, lo sabemos, sí, pero no sabemos qué hacer allí, allí delante. No sabemos qué hacer como tampoco sabemos llorar a escondidas, o reír para que no se sepa, o las tres cosas a la vez para que sí parezca que no, como tampoco sabemos si debemos correr para quedarnos. No lo sabemos. Quedarnos quietos no es saber qué hacer. Irnos, tampoco. Parece que sí, pero no lo es. Ni saber brindar es saber qué hacer, ni al malhablar lo sabemos, ni tampoco sabemos por qué no sabemos. Pero sí lo sabemos en realidad, aunque callamos, o quizá porque callamos. Se calla cuando se piensa, eso es algo que se hace por educación, como masticar, fumar o besar. No sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén porque pensamos, pensamos callados, pensamos en el primer Portal de Belén que fuimos, ese, el que nos pusimos a poner, o el que no se puso porque no se quiso, porque no se pudo, porque no sin más. Entonces sí sabíamos qué hacer delante de un Portal de Belén, una abuela nos lo decía, y una madre, o las dos, a veces un padre que dejaba sus manos afanosas por un momento para decirnos qué hacer delante de un Portal de Belén. Eran de verdad, todo ello, todos ellos eran de verdad. Puede que también nosotros, ahora no lo sé, pero aquello fue cierto una vez, una vez que duró mucho tiempo, que es el tiempo que duran los hermanos, mucho tiempo, tanto que es siempre. Después de todo aquello, ahora, no sabemos qué hacer delante de un Portal de Belén. Los más listos callan para que no se les note, los demás, en cambio, no, pero se nota igual. El silencio que guardamos delante de un Portal de Belén es un pentagrama sin estrenar, el de la música que sonaba cuando abandonamos la habitación en la que fuimos por última vez de aquellos que sí sabían qué hacer delante de un Portal de Belén.

-Contadlo también vosotros algún día.

No lo hicimos. O no lo hicimos bien. Ahora cualquiera sabe odiar, pero pocos saben qué hacer delante de un Portal de Belén. Callar, sí. Es lo mejor. Callar mucho, callar todo. Quizá escuchar. Como entonces

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