MdT: Tiempo de paz (III)

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Marcos Muñoz | Periodista. Escritor Misterios del Ministerio

Artículo de paz entre el muy alto y serenísimo príncipe D. Carlos II, Rey Católico, sus sucesores y sus reinos, y el muy alto y serenísimo príncipe don Alonso Sexto, rey de Portugal, sus sucesores y sus reinos, por mediación del muy alto y serenísimo príncipe Carlos II, rey de la Gran Bretaña, hermano del uno, y aliado muy antiguo de ambos…

   La situación de la Patrulla era legal por poco: técnicamente su jurisdicción sólo alcanzaba los territorios que estuvieran bajo dominio español en el tiempo que visitaban, o bajo el control de uno de los reinos que lo componían en el siglo XX, para las misiones anteriores a la unión de Isabel y Fernando. La firma del Tratado iba a marcar, precisamente, la separación de Portugal y España, pero pasarían algunos días hasta que los monarcas respectivos firmaran lo que sus ministros plenipotenciarios habían estado acordando y redactando en San Eloy. Sólo mientras tanto tenían capacidad de acción en Lisboa.  

El documento estaba listo. Diego notaba que la delegación portuguesa se movía particularmente a gusto por el convento. Don José le explicó que, a lo que parecía, el lugar llevaba 120 años bajo protección real, y que la nobleza lo utilizaba a menudo para sus reuniones.  

– Entonces, ¿ha sido una falsa alarma? -les preguntó María.  

– Eso parece.  

– Yo no bajaría la guardia -dijo Diego.  

– Podemos irnos a casa -declaró don José-. El tratado ya ha sido firmado y nadie ha tratado de impedirlo.  

– Todavía no. Ya hay un acuerdo, pero la delegación española y la portuguesa no se separarán hasta mañana. En una noche, muchas cosas pueden torcerse.  

– ¿Creéis necesario que asistamos a la cena que ofrece la familia da Silva?  

– Imprescindible.  

Florences tenía muchas ganas de volver a 1938 cuanto antes, pero desde luego tenían que esperar a marcharse con la comitiva de don Gaspar de Haro para llegar a la Puerta del Tiempo, que les esperaba en el Madrid de esta época. Empezaba a aburrirse un poco, en esta misión: él esperaba algo de intriga, algo de emoción; misterio. Pero todo habían sido parloteos, política y… nada más.  

– Si crees que puede haber algo… que alguien pueda realmente estar tramando algo, como sugerían los documentos… El momento para intentarlo sería esta noche: bien durante la cena o tras ella. No, seguramente durante la cena, para que puedan echarse las culpas entre ellos.  

– ¿Un intento de asesinato? -se alarmó María.  

– Es una posibilidad. Un veneno, un cuchillo por la espalda. O una pelea, forzada por alguien… Podemos vigilar lo primero y dificultar lo segundo.  

– ¿Cómo? -preguntó Diego, aunque conociendo el talante de su compañero de Patrulla, ya se imaginaba la respuesta.  

– Misdirection -respondió don José, con sagacidad calculada-: vosotros dos vigilaréis, mientras yo les distraigo con un espectáculo digno de la distinguida audiencia.
  

Durante la cena, se repartieron los papeles: Diego y José vigilaban que nadie llevase armas ocultas. Los ojos de ambos estaban acostumbrados a reconocer los sutiles detalles que podían delatar un pliegue oculto en la capa, la bota o incluso el sombrero, relleno de un filo mortal o un botecito de ponzoña. María se ocupaba de las labores sociales, reconduciendo posibles tensiones en la conversación hacia terrenos inofensivos. Menos control tenían sobre las viandas y la bebida que servían los mismos sirvientes de la tarde junto a otros dos que no habían visto antes, pero puesto que escanciaban desde las mismas jarras para todos, y cada uno elegía los cortes que le parecía de las grandes bandejas comunes, de haber venido algo de ello envenenado desde la cocina hubiera afectado por igual a portugueses, españoles y al inglés.  

Cuando la cena estaba avanzada, el marqués del Carpio tomó la palabra según le había pedido Florences, y se dirigió a todos:  

– Según me ha contado nuestro querido conde de Valladolid, hace algunos años recaló en su ciudad una tropa de actores y saltimbanquis de lo más espectaculares. De entre todos ellos, destacaba un florentino llamado Jonás Pinetti que ofrecía prodigiosos entretenimientos que parecían imposibles. Aunque aparentaba estar instruído por el mismísimo diablo, el conde Florences le obligó a confesarle sus secretos, y resultaron de lo más mundanos, aunque tremendamente astutos.  

– ¿Tuvo usted que torturarlo mucho…? -preguntó uno de los da Silva que estaba sentado junto a Don José, girándose hacia él. Pero la silla estaba vacía. Su voz le hizo girarse en dirección contraria, hacia la cabecera de la mesa.  

– No crean todo lo que oigan

-dijo el “conde de Valladolid”, con expresión comprensiva. Si, sabía lo que estaban pensando. Lo que todos pensaban cada vez que le miraban, desde hacía tantos años, aunque por educación nadie lo dijera: “viste bien, ¡pero qué feo!”. Bajó una poco la cabeza, acentuando un tanto más las sombras que le daban volumen a su prominente nariz. Extendió una mano vacía hacia el lado, le dio la vuelta, mostrando el dorso, y volvió a girarla hacia ellos… sosteniendo una bala de cañón de dos libras. La dejó sobre la mesa, pero en su otra mano, hasta entonces igualmente vacía, había aparecido otra bala del mismo calibre. Y en la derecha otra, y en la izquierda otra. Parecían salir del mismísimo aire, giraba una mano vacía, la volvía hacia ellos, y aparecía otra bala de cañón. En un momento, sobre la mesa había seis balas-. Pero tampoco confíen en todo lo que vean.  

Durante los siguientes minutos, fue haciendo aparecer y desaparecer monedas, vasos e incluso bandejas. Una carta troceada reaparecía minutos después sobre el regazo de alguien en el otro extremo de la mesa. Pequeños artilugios de su invención de aspecto inofensivo fueron entrando en juego, como una vela que parecían arder espontáneamente en sus manos, o una cajita de rapé que lanzaban pequeñas agujas a tanta velocidad que parecían aparecer por sí solas en un alfiletero situado a varios metros. No podía hacer sus habituales juegos con cigarros, ya que faltaban casi veinte años para que se inventaran los primeros en Sevilla, pero salió del paso con unas cuantas pipas de arcilla que no había tenido problema en agenciarse en el puerto de un comerciante holandés. Se materializaban encendidas o apagadas en sus manos, dentro de tarros e incluso detrás de un cuadro.  

Mientras el gran Florences encandilaba a su audiencia, María y Diego acabaron de asegurarse de que nadie pensaba poner en peligro a nadie. No tendrían que haberse preocupado: había una sensación generalizada de maravilla. Don José tenía el tacto necesario para que todos supieran que había un truco escondido tras cada juego de manos pero sin poder comprender cómo lo había hecho, que no se trataba de brujería sino de una ilusión muy bien ideada.
  

Tras la función privada llegaron los elogios, los brindis y las chanzas. Los miembros de ambas comitivas se habían retirado ya a dormir, y el servicio se ocupaba de limpiar la estancia:  

– Mucho noble, mucho general, mucha alcurnia, pero ensucian como todos.  

– Un poco más -dijo su compañero, torciendo la boca y el bigote en un gesto de desaprobación-, que los que no estamos tan arriba intentamos que la comida acabe en el buche, y no en los platos. ¡Menudo desperdicio de bacalao!   Entró de vuelta en la estancia su compañera:  

– ¿Cómo se encuentra el muchacho? -le preguntaron.  

– Algo le sentó mal. Joachim lo ha acompañado a su cuartillo.  

– Desde luego, el pobre tenía mala cara. Toda la noche estaba como lívido, ¿os fijasteis?   – Sí, le debe haber sentado algo mal.  

– En fin -dijo la muchacha-, nos toca a los tres ocuparnos de todo esto.   El camarero de la barba pareció relajarse y se aflojó un poco la librea, que se le pegaba incómodamente en zonas en las que no estaba acostumbrado:  

– Al menos podremos buscar con tranquilidad. ¡Menudo fenómeno, el mago éste!  

– Alardeaba un poco, ¿no creeis? Si eso lo hace en la calle, lo quema la Inquisición.  

– Debe ser Lisboa, que nos vuelve a todos un poco locos -dijo Julián, mirando algo irónicamente a sus dos compañeros.   

– Se ha arriesgado un poco, pero ha conseguido lo que quería: distraerlos

-Amelia, Alonso y Julián siguieron apartando platos y vasos, mirando bajo las sillas y por las esquinas de la habitación.  

– ¿Alguno sabe qué buscamos?  

– Yo no me he fijado, lo siento -dijo Julián-. ¡Si es que no paraba de sacar cosas!  

En 2015, como siempre, el Ministerio del Tiempo se encargaba de las misiones habituales de mantenimiento de la coherencia de la Historia española. Pero también se estaba informatizando el archivo de misiones antiguas, en las etapas en que los informes se escribían sobre papel o pergamino, para acceder mejor a los datos y al cúmulo de experiencias que atesoraban. Hasta 1960, en el Ministerio se había seguido un protocolo de salida de material riguroso: todos los agentes que cruzaban una Puerta dejaban nota fiel de lo que se llevaban a la misión y lo que traían de vuelta. Cada maravedí, cada traje, cada bala disparada, incluso cada clip dejaba constancia en el registro, de manera que luego los “equipos de limpieza” pudieran encargarse de que no quedara rastro de tecnologías inapropiadas.  

No obstante, con los bombardeos que asolaban Madrid en 1938, y el caos que reinaba en el Ministerio de entonces, habían pasado 77 años hasta que alguien cayó en la cuenta de que el agente don José Florences apuntó “3x artilugios de prestidigitación” en su viaje de ida a la firma del tratado de Lisboa, pero sólo “2x artilugios de prestidigitación” a su vuelta. La Patrulla de 2015 había sido enviada a esas fechas para hacer de “equipo de limpieza”, con la dificultad añadida de no poder interferir con la misión de la Patrulla anterior para que no se fuera al traste: hasta que el “artilugio” se perdiera, no podían hacer nada.  

Amelia zanjó la cuestión:   

– Mañana partirán las comitivas y tendremos que irnos. Sea lo que sea, sea como sea, hay que encontrarlo esta noche.

(CONTINUARÁ…)