Juan Belmonte ••• | El Pasmo de Triana


Juan Belmonte, el Pasmo de Triana. Considerado el matador de toros más trascendental de la historia; el fenómeno más extraordinario de todos los tiempos. Con su estilo y personalidad impuso una revolución en la Tauromaquia, abanderando la edad de oro del toreo. El filósofo Francis Wolff explica por qué al Pasmo de Triana se le debe considerar como el fundador del toreo moderno.

Federico García Lorca no se anduvo por las ramas a la hora de opinar sobre la fiesta de los toros, sobre la que dijo: «El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo».

Belmonte fue producto literario de la Generación del 98, que se hizo Belmontista casi al completo al admirar al héroe que veían en Belmonte. Ningún torero ha tenido antes ni después tantos apoyos y amigos entre intelectuales del máximo nivel. Julio Antonio, Romero de Torres, Sebastián Miranda, Pérez de Ayala, Valle-Inclán, Julián Cañedo, Gómez Hidalgo, Julio Camba, Enrique de Mera, … Junto a ellos, se reunía en el Café de Fornos de Madrid para realizar tertulias. Un destacado representante de la Generación del 27, Gerardo Diego, le dedico la «Oda a Belmonte».

En la imagen Juan Belmonte -sentado en el centro- junto al escritor Ramón Pérez de Ayala; el escultor Sebastián Miranda a su derecha, y el pintor Ignacio Zuloaga, a su izquierda.
En la imagen Juan Belmonte -sentado en el centro- junto al escritor Ramón Pérez de Ayala; el escultor Sebastián Miranda a su derecha, y el pintor Ignacio Zuloaga, a su izquierda.

Valle-Inclán, amigo de Belmonte, en Luces de bohemia recogió parte de sus sentimientos acerca de la personalidad del diestro; “Juan (…), se transfiguraba,  delante del toro adquiría la belleza de una estatua clásica”.

Belmonte fue amigo también del escritor estadounidense Ernest Hemingway, quien escribió: ” He conocido a dos genios. Uno fue Einstein; el otro, Juan Belmonte”. El diestro aparece de forma destacada en dos de sus novelas: Muerte en la tarde y Fiesta.

Pero el que acabó de forjar el mito belmontino fue el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, que le escribió la biografía titulada Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas.

Llamado el torero lector, Amorós cuenta que hubo temporadas en las que leyó hasta setenta libros, tantos como corridas toreó, y que en una ocasión “al mozo de espadas que fue a vestirlo para torear, le dijo que no iba a hacerlo porque necesitaba acabar una novela de Anatole France. Y así lo hizo… No era una pose sino la expresión de una profunda inquietud personal”.

BELMONTE AMIGOS RETIRO 1915

Reunidos bajo el título, «Belmonte, la epopeya del temple», profesores universitarios, filósofos, investigadores nacionales y extranjeros, el director de cine Agustín Díaz-Yanes, el poeta Carlos Marzal y el ex ministro Manuel Clavero ofrecen su visión sobre las aportaciones más sobresalientes de Belmonte al arte del toreo y a su relación con los intelectuales, en un total de 500 páginas.

Antonio Gala, en “Paisaje con Figuras”,  tiene un excelente relato sobre Juan Belmonte

Paisaje con figuras online – RTVE.es A la Carta

La cantante Rocío Jurado le dedicó «Ay! Soledad» en su disco «Con Mis Cinco Sentidos» en 1998.

Achero Mañas, en la adolescencia y juventud, y Lautaro Murúa, en la vejez, interpretan al torero en la película de Juan Sebastián Bollaín titulada Belmonte (1995)

La Niña de Antequera cantó «Recordando a Belmonte».

El cantante de copla Rafael Farina le dedicó «La muerte de Juan Belmonte».

En la película Medianoche en París (de Woody Allen), Belmonte es interpretado por el actor Daniel Lundh.

Juan Belmonte, El Pasmo de Triana
Juan Belmonte, El Pasmo de Triana

El grupo pop madrileño Gabinete Caligari escribió una canción sobre su suicidio, titulada «Sangre española», incluida en el disco “Que Dios reparta suerte”, publicado en 1983.

El “pasmo de Triana” domina la muerte,
iluminado su arrogante perfil.

Juan Belmonte en el ruedo,
una estatua de pasión,
sólo él me conmovió.

Viva la muerte
con la ‘luger’ en la mano,
sangre española rodó rabiosa de su sién.

Juan Belmonte en el ruedo,
una estatua de pasión,
sólo él me conmovió.

Para, templa y manda,
el pasmo ya no anda.

Seduce a tus amigos
y diles la verdad,
después de él nadie más

Sangre española ¿A qué toro te arrimas hoy?
Una pistola puso fin a tu valor.
Sangre española ¿En qué plaza toreas hoy?

Para, manda y templa.
Belmonte nunca tiembla.

Seduce a tus amigos
y diles la verdad,
después de él nadie más

Sangre española ¿A qué toro te arrimas hoy?
Una pistola puso fin a tu valor.
Sangre española ¿En qué plaza toreas hoy?

MADRID

Ficha Documental Juan Belmonte García  | Biblioteca Digital – Memoria de Madrid

Artículos |

Arturo Pérez ReverteJuan Belmonte, matador de toros de Manuel Chaves Nogales. http://www.perezreverte.com/articulo/el-bar-de-lola/1019/un-libro-cada-semana-14/

Jot Down – Juan Belmonte | http://www.jotdown.es/tag/juan-belmonte/

Juan Belmonte Melanie Belmonte

Juan Belmonte – Melanie Belmonte

 Amor a mi familia.

Gerardo Diego, Oda a Belmonte, 1941

 
ODA A BELMONTE
GERARDO DIEGO

 

¿Qué dice, o cuenta o canta
al relance solenne de la noche
el ancho río en cláusulas de espumas?
¿Qué nuevos peces mágicos levanta,
voltea, tuerce al sesgo
en diagonal regata y desvarío?
La luna, el campo, el río.
¿Voces? Silencio. El aire en los juncares.
No es riada. Nadie. ¿Bultos? Algo brilla
por la crujiente orilla,
pisa, tantea. Luces de alamares
-plata fluvial- escurren
los resbalados peces en cuadrilla,
mitologías, cielos de arrabales.
Constelados, desnudos,
se filtran, pierden entre los jarales.
Relumbra el río ya lisos escudos
y la Luna mirándose se peina
en larga, larga pausa, perezosa
con su mano estrellada de virreina.

Mas, ¿quién de nuevo tañe
el trémulo secreto
de tu guitarra, oh Betis, bien templada?
La rítmica de un polo
se apaga y surte, fresca ya y precisa,
y, -delfín o prodigio- el agua irisa
a alterno brazo un bulto escaso y solo.
Ya retumbra y resuena
la hueca palma y el vivaz jaleo
cuando de pronto surge el centelleo
de un dios chaval pisando en la arena.

Solo el ojo augural de la lechuza
pudo copiar en su redondo azogue
del ulises adánico que cruza
la furtiva evasión entre las cañas
sin que nadie, ni el viento, la interrogue.
Alla va el robinsón de las Españas,
raptor de ninfas, vengador de Europas,
sin más armas ni ropa
que un leve hatillo, incólume del río.
Allá va solo. Tarde lleguó adrede
a la cita del barrio y la cuadrilla.
Sentirse solo en el herbal bravío
de la marisma, leguas de Sevilla,
qué negra suerte, ay, Espartero mío.

Lejos, cerca, reposan
al selenio fulgor bien modeladas
las moles prietas, grávidas, lustradas
que continencia y que vigor rebosan.
Son los toros tremendos,
negros de pena, cárdenos, berrendos.
Y asaltando la cerca
al más cierto, concreto y dibujado,
tremolando un jirón ensangrentado,
el mozuelo se acerca.
Despierta, escucha, mira, se incorpora,
crece el toro solemne
y alarga la testuz aterradora
coronada e indemne.
Enfrente el diosecillo
desnudo, inerme, solo: un torerillo.
Y la fiera se extiende y se agiganta,
y de fe ciego, la quijada hundida,
y con inmóvil planta
-qué ritmo de liturgia no aprendida-
el doncel le adelanta
el brazo, y le bendice la salida.

La arrebolada en sus rubores luna
se asoma, presidenta, a su baranda.
Un toro y Juan Belmonte.
Y otro testigo, acaso y de fortuna,
porque a gozar la pugna heroica y terca
el bético horizonte
sus barreras acerca.

Pasa el toro en tropel y terremoto
y la vida se centra
en cada lance y ahíncase y se adentra
y silba el aire desgarrado y roto
y olvida el tiempo su onda cosmogónica
y se cuaja y se embota espeso, ciego
en cada ensimismada honda verónica.
Escultor de sí mismo, el tiempo pudo
alzarse, bloque, y suspenderse, nudo.

La faena concluye
y el agua otra vez fluye
y el horizonte, lánguido, se aleja
y se aduerme la luna, suspirando,
tras de bien clausurar cancela y reja.
(Triana, sin saber por qué, llorando.)
Y el nuevo endimión sueña
y su sueño sin tacha es profecía.
No ya la luna, el sol rige y porfía
-en el mástil ondea, alta, la enseña-
partiendo en dos la bien colmada plaza.
La muchedumbre apiña su amenaza.
Un toro campa en la mitad del ruedo
y con claro denuedo
pisa un héroe seguro,
héroe, sí, sin heráldica y sin saña,
héroe nuevo de España,
limpio el relieve de su gesto puro.
En la diestra, la espada;
la bandera en la zurda desplegada.
El emplazado bruto pasa y pasa.
Ancho, largo, profundo,
el héroe se acompasa
y se jalea, y en su orgullo preso,
cruel como un dios, disuelve, borra del mundo.
No, no existe ya eso.
Ni la redonda plaza,
ni la gloria que cálida le abraza
desde el tendido, ni la luz sonora
ni el rumbo ni la hora.
No existen más que un toro y un torero,
estimulando en planetaria masa
la lenta rotación de la faena.
Y el toro pasa y vuelve y no rebasa
la linde que le aprieta y le encadena.
Esa redonda conjunción que acaso
no repita ya el cosmos, tiene nombre:
el pase natural en cielo raso.
Y ese trágico, estrecho
eclipse, pase de pecho,
y ese corvo cometa, molinete,
y ese rayo, estocada.
Tinta la mano en sangre. Y de la nada
por volver a su ser cada ser puja.
Colérica la plaza se dibuja
y millares de palmas baten palmas
y las gargantas crecen
y se hinchan y enfierecen
las sílabas del nombre de Belmonte.
Sueño, sí, fue del mozo
y ahora de nuevo nos parece sueño.
Pero ente un sueño y otro fue alborozo
mil veces y evidencia
de nuestra fe rayana en la demencia.
Venid acá, oh incrédulos,
vedle cómo se afianza
sobreel talón izquierdo bien posado;
la acordada muñeca templa y tañe
a la lira que avanza
y humilla y tuerce y se comprime.
Mientras la mano diestra la esperanza
del claro acero esgrime.
Así nos le recorta y fija esquivo
-trampa viva de luz- el objetivo.
Y aún mejor nos lo enrrolla la madeja
de celuloide, el pacto del Diablo
que le soborna a Cronos su pelleja.

Mas no penséis la estampa en vuestra mano
o la pantalla enfrente, luminosa,
tardíos jueces de la noble lidia,
que esa actitud viril alzara en vano
su altivo pedestal sobre la envidia.
Arduo es ser gran torero.
Pero vencer la enorme pesadumbre,
tarde tras tarde, de la gloria cara,
solo le es dado al hombre verdadero,
la hombre más que héroe, a la más rara
fatalidad de cumbre.

Súbita nube cierne
su sórdido rencor sobre el hastío
del violento gentío
eléctrico y compacto.
El bochorno se espesa y hace tacto
y su horrenda membrana
estremece a su impúdico contacto
las diez mil frentes de la bestia humana.
Negro se torna todo ya y siniestro,
negras las almas y hasta el cielo opaco
se hurta con cobardía de cabestro
a coronar la plaza. Abajo, el diestro
se encadena a la roca de un morlaco
-soledad de titán-. Qué rompeolas
de espumas verdes, de amarillas furias.
Cómo le azotan bífidas injurias
de rojas fauces y erizadas golas.
Y en un instante elástico y heroico
rompe sus eslabones de ludibrio,
y en un pasmo de arrojo y de equilibrio
coagula, amansa, calma al paranoico,
jugándoselo todo, al todo o nada,
en el sublime albur de la estocada.

Rasgó el pitón la esquiva chaquetilla
y -pendular trofeo- un cairel de oro, hilo de seda, brilla.
Mas la espada cavó su sepultura
deslizándose fúlgida hasta el pomo
y un mar de sangre surte y empurpura
la abovedada redondez del domo.
Ya las columnas su estupor pasean,
ceden, se bambolean,
“dejadle” grita el gesto de la mano
bermeja, alzada en mudo señorío,
“dejadle” el vientre ufano
combado en desafío.
Dejadle desplomarse. Que sucumba
solo, como un coloso.
Y el soberbio, en su foso,
a su propia grandeza se derrumba.
Al serenado cielo
remonta cegadora polvareda,
nubes, nubes de escombros.
Es la ovación, el triunfo, la humareda.
La turbia plebe se despeña y rueda
y mece al domador sobre sus hombros.

Yo canto al varón pleno,
al triunfador del mundo y de sí mismo
que al borde -un día y otro- del abismo
supo asomarse impávido y sereno.
Canto sus cicatrices
y el rubricar del caracol centauro
humillando a rejones las cervices
de la hidra de Tauro.
Canto la madurez acrisolada
del fundador del hierro y del cortijo.
Canto un nombre, una gloria y una espada
y la heredad de un hijo.
Yo canto a Juan Belmonte y sus corceles
galopando con toros andaluces
hacia los olivares quietos, fieles,
y –plata de las tardes de laureles−

canto un traje -bucólico- de luces.


Bibliografía |

https://www.abc.es/cultura/toros/20140127/abci-juan-belmonte-proezas-hombre-201401262134.html

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/16/toros/1381949162.html

http://blogs.elpais.com/toros/2013/10/los-mandamientos-de-la-ley-belmonte-i.html

http://www.perezreverte.com/articulo/el-bar-de-lola/1019/un-libro-cada-semana-14/

http://museoliterario.blogspot.com/2015/09/gerardo-diego-oda-belmonte-1941.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Belmonte

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