MdT: Tempus Fugit (IV)

Marcos Muñoz | Periodista. Escritor Misterios del Ministerio

León, 1476
Eysteinn Skjálfarbondi se revolvió intranquilo: en su sueño volvía a ver la muerte de Guthrod el Magnífico, y cómo el incendio que devoraba el interior del gran templo de Uppsalale perseguía. Por enésima vez se vio acorralado junto al inmenso árbol sagrado, junto al arroyo al que arrojaban sacrificios y del que a veces no lograban salir. Sentía de nuevo las llamas lamiéndole la piel, sus ropas humeantes, la muerte por doquier: era el fin. Eysteinn se lanzó hacia las aguas del profundo manantial, sabedor de que se hundiría sin remedio con todo el metal que vestía, pero sin más opción para escapar del fuego. Aguantó en la superficie durante un par de brazadas, pero luego el peso tiró de él hacia abajo, hacia el olvido… 

  El agua le devolvió los sentidos: el hombre de la barba, con una jarra en la mano, y el hombre del bigote le miraban desde arriba. Lo habían atado dentro de un establo. No veía a Anaxandros por ninguna parte: quizás lo habían matado, pero conociéndole era más probable que hubiera conseguido huir. Nunca había visto al homoioi ser derrotado en combate, pero podía haber considerado una retirada estratégica. Debía estar esperándole en el escondite como habían pactado.

Le hablaron en su lengua extrañamente blanda, con la impresión de que si lo hacían lentamente y muy alto él podría entenderlos. Acabó por comprender por sus gestos que le preguntaban el nombre, y se lo dijo.   

– ¿Einstein? -preguntó con gesto divertido el que lo había tumbado.  

– Eysteinn -le corregió él. Los otros se llamaba Hulian Martineth y Alon Sodentrerríos. Insistían en hacerle preguntas, o al menos eso parecían, que para él no significaban nada; aunque se hacía una idea de lo que podían querer saber, él no tenía forma de comunicárselo. ¿Y cómo le iban a creer? Alon parecía querer sacarle las respuestas por la fuerza, pero Hulian le retuvo, le dijo algo más, y ambos se fueron.  

En cuanto se vio solo, Eysteinn empezó a forzar sus ataduras. No le costó demasiado liberarse: aquellos dos claramente no conocían a fondo el arte de los nudos. Se acercó a la puerta del establo y oteó por una rendija: Hulian y Alon conversaban a algunos pasos, señalando en su dirección pero también a otra casa. Miró hacia allí, y vio en la puerta al sabio al que perseguían desde hacía dos meses: Salomón Ha-Cohen, el poseedor del secreto de Ishtar y de su única posibilidad de volver. Sus captores se marcharon hacia el otro lado de la plaza y Salomón entró en su casa: Eysteinn aprovechó la oportunidad.

– No lo veo nada claro.  

– ¿Y qué alternativa tenemos?  

– Sigo pensando que podría haberle aflojado la lengua a ese noruego.  

– Noruego no sé, pero puede que se hiciera el sueco. Estoy seguro de que podrías, Alonso, pero si viene del pasado no podemos arriesgarnos a lesionarle y mucho menos a matarle: recuerda lo que dijo Salvador.  

– Sí, valientes tonterías sobre mariposas con efecto que provocan tormentas. ¡Valientes tonterías! -Entrerríos añadió-. Tampoco creo que Salomón y David nos lo hayan contado todo.  

– Ni yo -admitió Julian. Pero les habían contado mucho. Que la tablilla de piedra que se había traído el primero desde León era un secreto cabalístico de primer orden, y que hablaba de unas puertas misteriosas; sin duda, puertas del tiempo.

¿Quizás Lola Mendieta había utilizado aquello para conectar con las épocas que le interesaba alterar? ¿Eran el vikingo y el espartano agentes de Lola?-. ¿Te has cuidado de los nudos?  

Alonso resopló:  

– Sí, mal que me pese, los he hecho lo peor que he podido.  

– Vale: a Salomón le he dicho que se deje ver un rato en la puerta de su casa y luego que se esconda.  

– ¿Sacrificará su tesoro?  

– Más le vale: si no, el otro lo matará y se llevará la tablilla igualmente. Nosotros al menos podemos devolvérsela.

El plan de Julián era que el vikingo se escapara, entrara en casa del veterinario, viera la tablilla descuidada en un rincón y se largara, y hasta ahí funcionó perfectamente. El primer problema surgió cuando Oliveros, convaleciente de su cuchillada, insistió en acompañarles. No fueron capaces de convencerla para que se quedara en La Cándana… y por otra parte no era nada seguro dejarla allí. Su destino fatal podía alcanzarla si se quedaba, después de todo. Así que los tres juntos marcharon sigilosamente a pie tras Eysteinn. Julián y Alonso debían encontrar al espartano: no podían dejar a dos viajeros del pasado remoto rondando por el siglo XV. El Caballero Oliveros no sabía el quid de la cuestión, para ella era una mera cuestión de honor y orgullo ayudarles a capturar a aquellos dos violentos extraños.  

El viento era su único aliado, pues soplaba ruidosamente y les ayudaba a disimular el sonido de sus pasos en el silencio de aquellas cañadas. Rodearon una zona de abundantes peñas y matorrales, subiendo hacia una ancha abertura en la roca, no demasiado profunda: había señales de que ocasionalmente se utilizaba para guardar ganado. El vikingo se detuvo, y ellos se escondieron algo más abajo: se llevó las manos a la boca y soltó un graznido corto seguido de otro más largo. Le respondió otro desde el interior, y en seguida el hoplita asomó su cabeza por un lateral de la pequeña cueva.  

– ¿Ishtar? -preguntó.   El otro le enseñó la tablilla que había sustraído y ambos sonrieron, satisfechos.   – ¿Qué hacemos ahora? -susurró Julián.   – Entre los tres deberíamos poder con ellos -dijo Alonso-, aunque sea por el puro número -sacó una pistola semiautomática de entre las ropas y se la puso en las manos a su compañero antes de que este pudiera reaccionar-. Y por esto.  

– ¿Qué es? -se interesó Oliveros.  

– Como un arcabuz en pequeño.  

– ¿Estás loco? ¡No podemos matarlos!  

– Pero ellos no lo saben…  

Oliveros les hizo un gesto para que se callaran. El viento había amainado, y los tres pudieron oír una voz que exclamaba algo ininteligible. Subieron hasta la entrada de la cueva apurando el sigilo, y atisbaron en su interior. Los dos extraños estaban de espaldas a ellos: el vikingo sostenía la tablilla en una mano y parecía estar recitándola, con un hebreo espantoso que hasta a ellos les sonaba fatal. A la vez, dibujaba círculos y cuadrados en el aire con la mano libre. El espartano se acercó hasta la pared del fondo, donde había tendida una piel de becerro. La apartó, mostrando la roca que había detrás, y volvió a soltarla, molesto. El vikingo iba a seguir recitando aquellos signos, pero el espartano le pidió la tablilla y se intercambiaron los papeles. Esta vez lo que decía sí que sonaba a hebreo, o al menos a algo similar. Cuando Alonso ya estaba decidido a entrar en la pequeña cueva, el vikingo apartó la piel de becerro: sorprendentemente, detrás ahora no estaba la pared de roca sino una entrada, una puerta que antes no estaba allí. Desde el otro lado llegaba el ruido distante de unos tambores.  

Satisfechos, el vikingo y el hoplita se metieron dentro, dejando la cueva vacía.  

– La Tablilla no es para encontrar las puertas -dijo Julián- ¡sirve para crearlas!  

– ¡Brujería! -rechazó espantada Oliveros.  

– No es brujería, no cómo vos la veis -le explicó Alonso, aún dudando de sus propias palabras-. Esto no tiene nada que ver con el demonio. Sencillamente existen puertas, puertas que conducen a otros momentos del tiempo, de la Historia.  

– ¿Vosotros sabíais todo esto?  

– Nosotros venimos del futuro -admitió Julián-. Existe un Ministerio en España… en lo que será León en el futuro, que vigila las puertas para que no se cambie la Historia.  

– Pero no sabíamos que las puertas puedan crearse. En nuestro Libro no lo dice, creo. Estos dos no son de esta época, vienen del pasado.   – ¿Y para qué querían la tablilla? ¿Para abrir una puerta?  

– Quizás de vuelta a su casa -dijo Julián.  

– O quizás aún más al futuro -respondió Alonso-. Tenemos que seguirles.  

– ¿A dónde? -preguntó Oliveros.  

– A cuándo -respondió Julián, siguiendo ya a su impulsivo compañero.  

Descorrieron la piel de becerro: los tambores seguían sonando. Alonso se santiguó antes de entrar, igual que Juana García, el Caballero Oliveros. Esta vez, Julián tomó su ejemplo.

Quizás habían cambiado de época, pero la puerta parecía seguir por un pasillo de piedra natural, tortuoso y oscuro; a lo mejor seguían bajo los Picos de Europa.  

El pasillo torcía a la izquierda, desde donde llegaba la luz ondulante de alguna llama abierta y el profundo y cíclico retumbar de los tambores. Y entonces lo vieron: el espacio se abría en una inmensa caverna, tan alta que podía estar abierta y quizás era de noche, porque no alcanzaban a distinguir el techo. Tan amplia que el otro lado se veía borroso. En las paredes de la cueva, entre antorcha y antorcha, se alineaban docenas de puertas, de formas y estilos diversos.
   El centro de aquel magno espacio estaba ocupado por una estructura igual de ciclópea, una especie de enorme torreón cilíndrico que se alzaba majestuosamente hasta desaparecer en lo alto. Toda su base estaba llena de inscripciones, algunas enormes y divisables a esa distancia, otras diminutas, en docenas de alfabetos y centenares de lenguas. No había rastro del vikingo y el espartano, ni tampoco de los tambores que se oían o de quienes los tocaban.  

– Santo cielo, ¿pero qué es este lugar?  

– Alonso -aventuró Julián-, creo que acabamos de encontrar la Torre de Babel.  

 (CONTINUARÁ…)