MdT: Tiempo de paz (I)

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Marcos Muñoz | Periodista. Escritor Misterios del Ministerio

Un ligero temblor, como si el metro hubiese pasado demasiado cerca, y varios puñados de polvo cayeron desde las lámparas incandescentes. Todo el mundo se detuvo un momento en el pasillo: un monje cisterciense perdió el hilo de lo que departía con su compañero, letrado en la corte de Carlos III. Una joven aprendiza de modista se escabulló entre ambos, miró al techo como todos, y pasado el susto inicial siguió  hasta el despacho del subsecretario. Tuvo que llamar dos veces hasta que le dieron permiso para entrar.  

– Señor -fue cuanto dijo.  

– Hable, hija, hable. Vaya directa al grano, que tengo mucho follón.  

– La Patrulla está lista para la misión, señor subsecretario. Han pasado ya por las manos de Don Humberto.  

– Excelente, seguro que Cornejo ha hecho un gran trabajo, como siempre. Y su hijo Vicente pronto… -el siguiente temblor se dejó sentir con más intensidad. La muchacha palideció un poco, mientras el subsecretario empujaba, con los gestos automáticos de quien repite lo mismo varias veces al día, un cajón que habían abierto las vibraciones-. ¿Y por qué no están ya aquí?   – Se trata de Don José, insiste en llevar su propia chaqueta, como siempre.  

– Hágales venir. Déjeles claro que se lo he dicho yo.   La muchacha asintió, aturrullada, y salió tan rápido como pudo hacia el departamento de vestuario.
   Don Diego y la señorita de Cervelló llegaron primero: ¡menuda pareja hacían! Él estaba perfecto, engalanado de amarillo como un guardia real de Felipe IV. Tenía el porte más gallardo que había visto en todos sus años al frente del Ministerio, incluso con las molestias que le provocaban las airosas calzas. No le hacía gracia la espada algo fina y elaborada que llevaba al cinto, acostumbrado como estaba a hojas de más enjundia, pero incluso con el ligero gesto de incomodidad, su rostro de mandíbula cuadrada, ojos profundos y nariz perfectamente cincelada transmitía firmeza. No había duda de quien estaba al mando en cualquier situación en la que se encontraran: este Diego Rodríguez era digno hijo de su padre.  

– ¿Os han dejado solo? -preguntó al llegar, con una mezcla de familiaridad y preocupación.  

– Tal y como están las cosas, hoy no puedo permitirme ni secretaria -dijo el subsecretario-. Matilde está bien, pero la he enviado a casa: está preocupada, tiene familia a la que atender, y no se podía concentrar mientras el armatoste ese del Cerro de Garabitas sigue escupiendo obuses.  

– Podría ayudarla, si usted lo estima conveniente -dijo la hermosa doncella. Contaba 25 años, y aunque había nacido en el seno de una familia noble (barones, nada menos), María siempre estaba pensando en los demás. Ya había planeado que, a la muerte de sus padres (Dios tardara en desearla), vendería todas sus propiedades para dárselas a los más desfavorecidos. El subsecretario sabía que no se la podía mandar a cumplir cualquier misión, pero su entrega y abnegación la hacían perfecta para las más delicadas. E inspiraba confianza, algo casi tan importante como cualquier otra habilidad que pudiera tener un agente.  

– A la vuelta de su viaje hablamos -esta vez la habitación entera se sacudió. Diego conservó a duras penas el equilibrio y sostuvo a María para que no cayera.
– Mare de Déu!
   Incluso el subsecretario, que estaba sentado, casi se fue al suelo. Por el pasillo se oyó un grito ahogado.
 – ¡Bueno, ya está bien! ¡Qué ganas tengo de que acabe este maldito bombardeo, y que ganen unos u otros, los que sea, pero que nos dejen trabajar en paz!   Un caballero de pelo gris, vestido con chaqué rigurosamente negro, entró entonces en el despacho, manteniendo la vertical gracias a un bastón con una bola en la parte superior:  

– Yo también tengo ganas de que termine, don Guzmán. Los teatros están vacíos cuando amenaza “lluvia”.  

– Pero don José, ¿cómo anda usted aún vestido así? ¿Es que no le ha dado mis instrucciones Cornejo?  

– Sí, pero el uniforme que me ofrecía era totalmente impráctico. Debería dejar atrás la mitad de mis trucos si me pusiera esa casaca y esa… gorguera.  

– Señor Florences: necesito que vayan al siglo XVII y se aseguren que se firma el Tratado de Lisboa. Irán como miembros de la delegación del marqués del Carpio, don Gaspar de Haro, antepasado mío por cierto, enviados por la reina regente doña Mariana. Entienda usted que no puede presentarse en el Convento de San Eloy vestido como si fuera al Teatro Real a ver “Carmen”.  

– Pero… ¡soy el Gran Florences! ¡La elegancia es parte de mi personalidad!  

– Quizás no sería muy apropiado para la época -dijo, conciliadora como siempre, María. Ella llevaba un hábito de monja con el que se sentía encantada: más de una vez había dicho que desearía profesar cuando fuese mayor, y era su ilusión vestir aquellos ropajes cuando la misión lo permitía-. Por lo que he visto en los meses que llevo aquí, es importante adaptarse a las modas.   Don José Florences Gili no podía negarle nada a aquella juvenil y candorosa sonrisa, y a aquel arraigado acento catalán. El subsecretario Javier Guzmán se dio un par de tirones en la barba, pensativo, y aprovechó para rematar la jugada con su habitual mano izquierda:  

– Hágame el favor, don José: vístase adecuadamente. Puede llevar su chaleco bajo las ropas, eso se lo concedo. Seguro que ahí aún le caben unos cuantos ases, aunque no lleve mangas… Y cuando vuelva, le conseguiré un permiso y entradas para que pueda ir a ver a Houdini a Londres en 1904.   A sus 66 años, al viejo mago se le iluminó la mirada:  

– ¿A Harry Houdini? ¿Al Hippodrome?  

– Primera fila, prometido.   Con aquello, el Gran Florences no volvió a rechistar. Se puso las ropas ordenadas, adoptó unos impecables modales adecuados al siglo XVII (en aquellos detalles sutiles era un maestro) y, antes de que otra bomba pudiera caer sobre Madrid, la Patrulla cambió el 4 de mayo de 1938 por el 12 de febrero de 1668.

(CONTINUARÁ…)